Los hombres no lloran

                                                                                         .

Alcanzar una meta
tener una consigna
es siempre una excusa
para desovillar la vida
sin saber que al hacerlo
también desplegamos
nuestro propio laberinto.


Mauricio Escribano





                                                  ***


Hacía tiempo que Dmitri estaba sumido en una serie de malos
pensamientos. Una racha de infortunios personales, dolencias
físicas y muertes cercanas, lo llevó a pensar que Dios, el
universo, el vecino, los perros que andan sueltos por la calle,
las nubes, los árboles, el televisor, todo… absolutamente todo
estaba en su contra. Solo había algo que lo mantenía en pie
y era el trabajo. Su hermoso trabajo de carnicero. Un lujo para
pocos, ser el capanga de la carne, el carnisa, el cuchillero de
punta en blanco. Aunque nunca llegara a ser como su padre:
“Matarife”. Así que en el fondo mientras él tuviera su chaira
y sus cuchillos afilados, la cámara frigorífica del tamaño de
una morgue, y aquel local que hacía esquina en el centro del
barrio; no importaba de cuántas maneras la vida se empecinara
en maldecirlo. De modo que Dmitri, se aferró a las medias
reses, a los cajones de pollo, a las tiras de asado, hundió
sus manos de coloso en las achuras, y solo murmuraba sus
desgracias mientras picaba carne, o cortaba con la sierra
los huesos de alguna vaquillona. Sin embargo cuando la jornada
de trabajo terminaba, la frágil sensación de estar a salvo
quedaba atrás de la cortina, y mientras volvía a su casa,
tenía la impresión de que todas las cosas en las que siempre
había confiado, todas esas cosas que lo llenaban de valor
y de entusiasmo, caían al vacío.



El teléfono suena en plena madrugada, Dmitri sueña que atiende,
es su padre, y la voz de su padre se pierde en un agujero negro
incriminándolo -¿Dmitri qué hiciste, qué hiciste?-, el teléfono
sigue sonando, esta vez se despierta, atiende, es su hermano.
Su mujer lo sacude y le pregunta quién es. Dmitri logra
incorporarse y todavía aturdido, sigue oyendo a Iván, que está
ebrio, más que de costumbre. - Hermanito, papá falleció- termina
diciendo. -¿Cómo que falleció, si acabo de hablar con él?- pero
entonces se da cuenta, y se corrige,- soñé que papá me llamaba
por teléfono-. -Fue él, fue él- le asegura Iván arrastrando la
lengua. Pero Dmitri no lo escucha, solo quiere saber qué pasó,
aún no puede creer que su padre haya muerto. Marta se sentó
junto a él en la cama. Lo envuelve con un brazo, las yemas de
sus dedos le acarician el cuello, la otra mano sostiene la mano
de su esposo. -Un hombre alto, fornido, de temperamento fuerte,
capaz de cargarse a los sesenta años una res entera sobre la espalda,
no puede morir de un momento a otro- afirma Dmitri, sin que se
le caiga una lágrima. De pronto el mundo se detiene, o lo que es
peor, sigue andando como una vaca que pisa un caracol en el campo.
Piensa las cosas que hubiera querido decirle a su viejo, no pudo
ni darle un abrazo. Sabe, en el fondo sabe, que murió de amor.
-Ya no era el mismo desde que falleció mamá hace once meses-,
le dice a Marta. Ella comprende por lo que está pasando, son
demasiadas cosas juntas, primero la hernia de disco (compitiendo
con su padre por cargar una vaquillona al hombro), después se
enteró que su hijo era golpeado en el colegio por sus compañeros,
Julián su único hijo, el hijo del carnicero, era intolerable. Luego
le tocó el corralito de los bancos, y todos sus ahorros se esfumaron,
con eso vino la gastritis, el saqueo en la carnicería, y la muerte
de su madre, que salió en el noticiero y en los diarios:

<<Delincuente mata una señora mayor a culatazos, roba su cartera
y huye en bicicleta>>

Marta lo masajea en el cuello con la falange de sus dedos, no dice nada, 

lo besa en la nuca, apoya la frente en su cabeza, lo abraza.



A Vladimir Alexey Petrov lo velaron en la funeraria Bonafini,
entre cuatro cirios y un crucifijo ortodoxo a la cabeza. El sepelio
se realizó en el cementerio disidente de Lavallol. Unas treinta
personas, despidieron al difunto, con la familia alrededor del
féretro. Julián notó que las hojas de los árboles tiritaban. Sobre
todo un arce, completamente rojo. Había decido no llorar delante
de su padre. Todo estaba listo, Marta y Dmitri no quitaban la
vista del cajón que descendía en una fosa. Cuatro enterradores
sosteniéndolo con sogas lo bajaban al unísono. Iván Petrov llegó
en ese momento con los ojos vidriosos, y un fuerte olor a ajo y
a vodka, que disparó mordaces comentarios en voz baja. Sin
embargo Dimitri lo miró sin un reproche, sin el más mínimo
reproche. Desde aquel día, sus padres compartirían una tumba
para siempre. Y duramente los hermanos se abrazaron y besaron
en la boca, con la brutal ternura de los rusos.



Descalza sobre el césped, Marta le hace otro nudo a la bolsa
de residuos y la coloca en el cesto. En la calle no se oye ningún
ruido, son las ocho de la noche, y es un día caluroso de otoño.
La radio anunció tormentas para mañana, y aunque no se ve
ni una nube, la luna irradia esa luz fluvial que precede a la
lluvia. Lentamente entra en su casa, Julián no volverá hasta el
domingo y la casa está en silencio. Marta se mira en el espejo
de su cuarto, se arregla el pelo, palpa sus caderas, sabe a la
perfección que está dotada de una belleza extraordinaria.
Dmitri llegará de un momento a otro. Antes de ir al baño abre
los cajones de la cómoda, buscando que ponerse. Intenta no
pensar en nada mientras mezcla el agua de la ducha. Se quita
la camisa y el short, deja caer al suelo su ropa interior, y
durante quince minutos siente que la vida le resbala por el
cuerpo. Cuando Dmitri llega, la encuentra leyendo en la cama,
levemente de costado. Y mientras él todavía carga al hombro
toda la crudeza y el peso del mundo, ella lo enjaula en sus ojos
enormes, sin decirle una palabra. No hay una sola huella en el
cuerpo de Marta que denote su maternidad. Dmitri vuelve de
la ducha, y su mujer se abre la camisa de lino. Tiene las muñecas
llenas de pulseras, tintinean al tocarse el cuello, los hombros,
los pezones erguidos. Con gran dulzura y determinación coloca
una mano entre sus piernas. Pulsa sus dedos, despacio, sin dejar
de mirarlo. La excita ver la cara de su esposo turbándose de
apoco. Él está desnudo, sentado al borde de la cama, y al lado
suyo es un gigante. Solo cierra los ojos cuando siente el sexo
de Dmitri acariciándole la boca. Entonces gira sobre su cintura,
y su cabello oscila delante de la ingle de su hombre. Quería
hacerlo, había retenido esa idea en su cabeza, y ahora sus
labios abarcaban el volumen de su esposo. Sin embargo
a Dmitri (repentinamente) lo invade un frío espeluznante.
Intenta concentrarse, pero es como si un hielo le cortara las
entrañas. Marta no se ha dado cuenta, y no quiere arruinar el
momento. El espasmo no cede, comienza un oleaje. Jamás le
falló a su mujer en la cama, a ninguna. Se siente aturdido.
La imagen de su madre se le hace presente, la ve acorralada,
indefensa, como él se siente ahora. Piensa que también le
falló a ella, y a su padre, sólo, muriéndose de pena, sin que él
pueda hacer nada. Desesperado aferra sus ojos al cuerpo de
Marta, observa en detalle sus movimientos, es joven y bellísima
-se repite a sí mismo- cuando la ansiedad intenta dominarlo.
Intuye que por primera vez perderá una erección. Está frustrado,
humillado. Se aparta antes que su esposa se termine de dar cuenta.
Ella sigue envuelta en un ensimismamiento febril. Dmitrí mira
toda esa belleza autosuficiente y se exige complacerla. Aun así
se siente pequeño, y atrapado en su muda telaraña eyacula 

precozmente.



A las tres de la mañana Marta, encendió el velador de la mesita.
Notó que Dmitri no estaba en la cama. Quitó la manta y se paró
sobre la alfombra. Tampoco lo encontró en el comedor, avanzó
por el pasillo enganchando su camisa en la vitrina. Tiró unos
cuantos libros que estaban apilados. Los levantó y abrió la puerta
del baño. Siguió hasta a la cocina, allí lo vio de pie, a oscuras.
No prendió la luz. Le preguntó qué le pasaba. – No lo sé-, dijo
sin mirarla a los ojos-, tengo insomnio, vine a tomar agua y me
quedé acá pensando. Marta le ofreció un té pero no quiso, entonces
recordó que él se había dormido primero, completamente abatido,
y ella se quedó observándolo. No había sido nada del otro mundo,
a cualquiera le puede pasar, no era para menos, hasta se sintió
culpable por haber buscado a su marido, nunca lo hacía, siempre
era él quien comenzaba las cosas. Ella solo sugería, quiso regalarle
un día diferente, hacer que olvide los problemas, que se sienta
satisfecho de su hembra. Porque eso hacía Dmitri, desde la primera
vez que lo vio, la hizo sentir una hembra. Y hasta entonces todos
los hombres le parecían asexuados. Él se durmió primero, ahora
lo recuerda perfectamente, jamás vio algo igual, los pómulos le
sobresalían, el mentón se le alargaba, los ojos se hundieron en
sus cuencas, los labios rígidos y finos, por cierta tirantez que
prolongaba sus orejas. No sintió miedo, sino infinita ternura.
Cuando Dmitri levanto la mirada, supo que había llorado.


Mauricio Escribano



Imagen Ronalxito Thu Xiquito

















                                                                                         .










Gabor Szabo- Dreams

                                                                                                                                       .

                                                                           
                                                                                     ***


                                    Es sólo cansancio, nubes en la noche,
                          lentas manadas de nubes. Palabras
                          que aún no llueven. Puro cuerpo, jaula,
                          amor emboscado.

                           ME






                                                                                                                                        .




Te espero

                                                                                          .

Gradualmente el silencio
será la llamada
que ponga delante del rey
a la reina enemiga
despacio
desabrocharás mi camisa
y otra vez a merced
de tu boca
concluirá el ajedrez
con mi boca
partida.


Mauricio Escribano 

Imagen Flag-bot

















                                                                                        .



Teatro de sombras

                                                                                         .
Son tres la única flecha que dispara el dhalang.
Es la misma la que se hunde en el hombre,
la que no da en el blanco, la que vuela
sobre él después de atravesarlo.

Leopoldo Castilla 

                                                                                 ***

En una isla de Indonesia


En rojo sobre una pared blanca se lee “Bhinneka Tunggal Ika”,
(Unidad en la diversidad). Ése es el lema de Indonesia, y por
razones muy distintas también lo es para Sunya, el dhalang,
el titiritero del Gran Teatro de Títeres y Sombras. A los trece
años comenzó como aprendiz, y habiendo excedido a su maestro
en los más altos grados de formación espiritual, se murmura
que tiene el poder de transformar a sus wayangs en títeres
humanos. 

Sunya se hundía en un vasto silencio, que nadie se atrevía 
a indagar. El dhalang detrás del wayang era un misterio.
Esa noche calurosa en las islas orientales, luego de haber
meditado en el estanque, desnudo y con el agua hasta el 
cuello, se sentía lleno de energía. Una vez más, sin público, 
Sunya disparaba su triple sombra en el espacio.


Madrid, España


Por la ciudad de las luces ronda Pedro Serrano, haciéndose
pasar por estudiante. Aún vive del dinero que le envían sus padres
desde Valencia, a quienes también engaña haciéndoles creer que
estudia letras en la Universidad Complutense. Es cierto que tiene
carnet de estudiante, pero solo concurre al buffet de la universidad,
o se muestra por los pabellones dándose aires de poeta. Su letra
ilegible, hizo que aprendiera a recitar de memoria sus poemas eróticos,
ganándose la atención de un harem de muchachas ingenuas, llegadas
de otras provincias. Tan inútil como seductor, Pedro aprovecha
cada noche para llevar una joven distinta hasta su cuarto de la calle
Puerta de Hierro. Moreno, alto, de rasgos finos pero inescrupulosos,
obtiene el fervor de las mujeres por su fastuosa elocuencia, que
provoca un estado de hipnosis en las mentes débiles o vanidosas.
Y en su libreta negra, anota (meticulosamente) los nombres
y los teléfonos de esas hembras sensibles, que merecieron el ardor
del poeta.

El 23 de septiembre, Pedro comenzó a comportarse de un modo extraño,
se nota en él cierta perplejidad, habla de un hombre extranjero con el que 
se comunica sin palabras. Está seguro que volverá a encontrarlo pronto. 
Desde entonces se lo ve mucho más encandilado. Ajeno a sus costumbres 
de siempre, camina por el parque de La Villa a paso lento, escribiendo poemas 
absurdos, que da en llamar abstractos. Así de obsesionado, cruzó sin mirar 
una de las calles del casco histórico intentando encender un cigarrillo, cuando 
lo atropelló un motociclista. Pero nada impidió que Pedro retorne a sus 
pomposas ideas, y con la pierna izquierda embutida en una bota ortopédica, 
se lo ve llegar al campus más encumbrado que nunca.


Lomas de Zamora, Argentina


En la estación de trenes de Lomas de Zamora, hay pocas personas,
esperando los últimos colectivos de la noche. Gente aún de pie, 
cansada, contando los minutos. Un olor rancio a fritura y alcohol flota
en el aire. El viento arremolina la mugre, levantando un torbellino
de polvo y papeles engrasados. Hace frío, la primavera y el invierno
aún disputan territorio. Es la hora en que Maruja aparece con sus
perros, todos los perros son suyos. Los perros sin dueño, los
vagabundos, la siguen como a una madre, como a una loba.

Ella camina gloriosa envuelta en ropa harapienta, los ojos brillantes,
la mirada inolvidable. Hoy soñó que usaba una máscara, y detrás
suyo una sombra sostenía sus manos con varillas. Se sabe hermosa,
tanto que la luna por envidia la maldijo. Dice que un demonio oriental
le cede sus poderes. Dice que el demonio la llevará con él muy lejos.



Mauricio Escribano

Imagen Addin Maghfur


















                                                                                          .



Entreabrir

                                                                                          .

Quisiera no tener que empecinarme
en rehacer las cosas deshechas
pero vuelvo a abrir la noche
por si acaso todavía hay una luz
que me responda.



Mauricio Escribano 

Imagen Abril Peiretti

















                                                                                          .





Andar con la mirada perdida

                               
                                                             Mis ojos, por haber sido puentes, son abismos. Antonio Porchia
                                                                                         .
adelante mío
una calle te tapa la boca
y se pierde a lo lejos

adelante tuyo
-dónde ya no puedo ver-
comienza el vacío.


Mauricio Escribano

Imagen Walter Daniel Fuhrmann

















                                                                                         .



Punto rojo

                                                                                                                                   
                                                                                                                                       .
Al fondo la luz se hunde          
en los suburbios
pero aquí aún platea 
las ventanas de los edificios.
Un silencio de lavandas 
muestra su lengua perfumada,
clava sus dientes en mis ojos. 
Estoy solo en el turno 
del crepúsculo, 
vaciándome de tinta, 
obligado a pensarme 
entre gente 
que vuelve del trabajo 
a ser sí misma. 

Así también, yo vuelvo 
a mi propia oscuridad, 
iluminando los papeles 
de mi mente. 
Y en este pequeño 
caminar, sumergido 
en sueños de abandono, 
busco gramos de locura 
en pasillos diminutos. 
Un fantasma de mujer, 
que aún distinga mis pasos 
entre todos, cuando llegue 
a abrir la puerta.


Mauricio Escribano 

Imagen Analía Manetta


















                                                                                         
                                                                                         .



Los días azules

                                                                                          .
hace mucho que es ahora
en la feroz baldosa del instante
basta un perro que grite su bravura
alargando las calles del invierno
para que toda la tristeza
esa estatua de oscuras sensaciones
estalle contra el suelo

hace mucho que es ahora
y me hago viejo entre fantasmas
que no entienden las lecciones aprendidas
cuando arden de lujuria
tengo un amor que es un calvario
destrezas que aún no encuentro
y en el baño una mujer que pierde agua.

de pronto el instante (o en un instante)
una visión me agujerea desde el cielo
que es más amplio y claro
la revelación simple
la verdad que pacífica

la vida entra en el templo de la muerte
donde se está velando a la tristeza
el duelo su fragancia mineral
el agudo dolor de la verdad que nos libera

mi tristeza, bellísima, ya está muerta. 


Mauricio Escribano

Imagen Analía Manetta


















                                                                                           .



En plena calle

                                                                                         .

Recorrí el viejo San Telmo
entré a todos los mercados
buscando el recuerdo de tus besos
revisé cada intersticio entre budas
de marfil y arañas de alabastro.

Caminé con una estatua
buscando los caireles de tu risa
en alguna latitud inalcanzable
se largó a llover de pronto.

Para saber de vos, miré a los ojos
cada cuadro, cada figura de bronce,
les pregunté si sabían de una enorme soledad 
que se extiende como el polvo.

Antes de irme, a los relojes de pared
les di la hora. Aún llovía en algún sitio.
Froté mis ojos y pensé: Que si había 
otra esperanza, era el olvido.


Mauricio Escribano 

Imagen Jacqueline Aguilera
y Analía Manetta


















                                                                                          .


Conversos

                                                                                          .
Llega con la hierba dibujada en los zapatos
abre la puerta de la noche
me muestra credenciales de nostalgia cuando pasa
y se pone a buscar sueños en mi boca
goteras de esperanza
inundaciones de toda procedencia
después cruza sus piernas sin salida
para seguir naciendo ante mis ojos
canta azules encantados
pide pan para sus pechos
se queda como Dios la trajo al mundo
besa mis costumbres de bohemia 
desordena mis poemas
-y desafiando mi manera de estar solo-
dice que me mira cuando duermo.


Mauricio Escribano 

Imagen Amanda Berglund


















                                                                                         .


Tócame ahora

                                                                                          .
se le hacen ojeras
debajo de los sueños
y sueña con libélulas
que le cosen los párpados
mientras ella va hacia adentro
extraviada en el goce de perderse
como un poema que divaga.


Mauricio Escribano

Imagen Katia Chusheva



















                                                                                           .



Propiedades

                                                                                          .
Literaria, ungida en flores,
tus costillas de aislada resonancia,
el miriñaque, las cajas de mentir
con tanto arte.

A solas. Capaz de treinta cigarrillos
más el hambre, y las palabras
que murieron. La noche de oscuro yeso,
la puerta de morir cada mañana,
y ese frío en el contorno de los ojos
por la sucia industria del invierno.

Algo hemos hecho, y a veces lloro.
Nos leímos el amor en la feroz temperatura 
de una rosa. Quizás me olvides, invicta 
en la tristeza de tu pelo.

Pasionaria, luna en la boca. Oigo tus
pasos alejarse en las últimas lluvias de 
septiembre. No te des vuelta, que dónde
vayas no te alcance la nostalgia .

Aquí he caído, soy otro vago debajo de los 
puentes, quebrando el fémur de las horas, 
bebiendo el vino de tu sombra, ajeno
al mundo para siempre.


Mauricio Escribano 

Imagen Abril Peiretti


















                                                                                          .





Atributos

                                                                                          .
Debí haber usado piedras de mayor tamaño,
más eficaces, quizás no alcanzó con haberlas
arrancado de la bruma, ni robárselas al musgo.
Ahora lo sé, su piel de delicada agricultura lo
demanda, y ayudado por sus ojos, logro entender
estas cuestiones.

No fallaron los compases ni los cinceles de cantería,
ni estas manos favorecidas por sus rituales. No esquivé
el peligro de sus piernas diplomáticas, que al contacto
con las propias aliviaban ansiedades. Al contrario, la
acaricié con muérdago trasnochado, para provocarle
aún más visiones.

Quise prolongar su vida, pulir hasta el divino escalofrío
en sus pezones. Cada muslo, cada vena donde me apoyaba
amoroso. Modelar con exactitud las flores enredadas a su pelo,
su vientre angélico perlado en el autismo de mi semen. Nunca
trabaje tanto en transformar la piedra, en redondear su sangre.
Me fue imposible tallar lo eterno en los cristales.


Mauricio


Katia Chauseheva







                                                                                                      .







Nacho Wiski "El pájaro canta porque está encantado"

                                                                                                                                      .


Quizás algún día escriba un libro sobre la vida de Nacho, porque Nacho lo merece. 
Lo que no sé, es si yo merezco escribir sobre su vida. Este muchacho fue el ídolo de todos, 
inmediatamente, irremediablemente, al entrar en su atmósfera (si él te dejaba, mientras 
él lo quisiera) pasabas de la admiración al amor sin darte cuenta. Nacho despertaba amor 
en la gente. 

Era un maestro, pero uno de esos Maestros que te hacían sentir querido. Con la misma 
profundidad que se burlaba de las formas, veneraba los contenidos, o sea el alma, lo auténtico 
de las personas. Nos rescataba de la idiotez, y aún nos rescata, sencillamente con su ternura. 
Encontrarse con Nacho casualmente, siempre en los lugares más absurdos e impensados, 
era como encontrarse un unicornio. Un verdadero encuentro con lo insólito. 

En un barcito de Paraná y Lavalle por ejemplo, me enseñó a usar alas de mosca como lupas, 
para leer la letra pequeña de la vida. Te adivinaba, te hacía reír mucho, te dejaba un pedacito 
de zurdo en el bolsillo, a cambio de una copa y un abrazo. Que era poco para tanto, casi nada. 

Como dije era un muchacho, un joven viejo cuando fue joven, un viejo joven cuando fue viejo. 
Y los muchachos de antes no usaban alplax, le entraban al vino, a la ginebra y en este caso 
al wiski que hacía honor a su apellido. 

Músico, poeta, cantautor, maestro, tanguero de ley, bohemio perdido. Nacho fue todo eso y algo más. 
Ese algo más, que es imposible de clasificar y tienen los ídolos.

                                                                        *

Hoy no sé bien cómo, pero estuviste presente todo el día. Será que en unas horas cumplo cincuenta 
y estoy más sensible. Te extraño primo.









                                                                                                                                        .


                                                                                                                                     

Flor de agua

                                                                                          .
te dibujo en vidrios empañados
mirándote la lluvia
la boca pensativa
tu vestido de trapo frutal
enceguecido por el viento
y una calle que se pierde si la miras
como ahora yo te miro
y me pierdo en tu silencio.



Mauricio Escribano

Imagen Antonio Palmerini








                                                                                        










                                                                                           .



Por si acaso

                                                                                          .
Donde hay luz hay sombras.
Basta un arenal
un verbo hecho trizas
y un rastro en penumbras
para que la claridad se deforme.
Allí, sobre un alambre callado,
todo el viento es una grulla
y el campo asoma su cabeza
buscando un guante negro.
Será que para caber en lo que fuimos,
se necesitan estatuas
de piedra pensativa.
Horas y horas de apaciguar la cintura,
aun cuando nadie detenga el silencio.
Como una piedra de papel 
desapareciste en la tormenta.
Era imprescindible diagramar el agua. 
Ya con gubias de alondra 
he tachado tu nombre. 
Sin embargo también
he mirado en tus ojos.
Y reproduciendo el milagro 
archivé tu humedad en flamantes 
cajones. Por si acaso, amor mío. 
Tropezando en la luz, un relámpago
inmenso te abriera el vestido,
y encontraras mis manos.


Mauricio Escribano


















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Ya se ha ido

                                                                                         .

Nunca voy a olvidarte

Fue como 
asomarse a un templo
a una caverna 
llena de flores y velas

Con vos supe 
que hay otro infinito
y que el amor 
no tiene clemencia.



Mauricio Escribano 


Imagen Abril Peiretti

















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Otra piel

                                                                                         .

estoy en mis raíces
como un gato calculando el salto

(vos en el mercado chino
robándote un paté
porque me viste hacerlo alguna vez
y todavía no lo sé
pero venís y me contás
que la china te descubrió por las cámaras
entonces nos reímos
justo cuando empezaba
este poema metafísico)

la velocidad de lo inmóvil
lo atraviesa todo

(tuviste que dejar algunas cosas
menos el vino y el paté de ciervo
y no parás de contarme
que la china te puteaba en mandarín
mientras abrís la lata)

en el ojo hay un espejo y el espejo
da a otro mundo

(si te interesara lo que escribo
serías una musa de rigor
llenando vasos de distancia
en cambio vos querés aprender de mí
todo lo malo)

hablo entre telarañas
desde una galaxia de impiedad
con su ojo felino
acechando cada instante de tu cuerpo

(y ahora me das vino
me convidás del paté más rico del mundo
mientras yo escribo el poema
con la tinta de las cosas que cazamos
para que digan quiénes somos
por debajo de la ropa)

donde tu alma
pesa más que el mar porque no tiene fondo
y sin embargo vuela.



Mauricio Escribano

Imagen Kamil Vojnar

















                                                                                           .



Agua de luna

                                                                                         .

con agua de un abismo
y húmedas panteras
golpeé la puerta de tu casa

como un agua que tiembla
en su feroz manera
de buscarte.


Mauricio Escribano

Imagen Katia Chausheva


















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